La tiranía de los posts, tweets y pines

Me encuentro en un café con mi Ipad en mano. Sola no estoy, nunca se está sola en estos tiempos. Veo una caricatura. El alumno dice a su maestro: “2+2=4.05”, y luego insiste: “No discuta conmigo, profesor. Tengo 8237 followers más que usted”. Así lo ve Oliver Widder, autor del blog Geek and Poke.

El periodista como dueño y señor de la información quedó atrás. El receptor de los medios noticiosos deja de ser tal, para emprender la travesía de ser audiencia, convertirse en internauta, y finalmente en webactor.

Este auge de la comunicación interpersonal mediada es un aire fresco que puede resfriar. La auctoritas que ostentan personas o instituciones, tales como los padres, los maestros y los periodistas, está compitiendo con los populares.

En el espacio público digital el que se incorpora a la conversación puede difundir sus aportes de forma gratuita, disfrutando de una experiencia cada vez más sencilla e intuitiva -eso que llaman, usabilidad. En un clic el webactor logra publicar en varios espacios que se integran envidiablemente. ¿La guinda de la torta? La ubicuidad por la movilidad -“movicuidad”-, esa capacidad de estar siempre presente en la Red gracias al teléfono celular y demás periquitos con conexión inalámbrica. Todas estas variables conducen a un aumento exponencial de la capacidad de la libre expresión de cada quien. Y es que el poder del webactor reside en su participación en el espacio público con alta visibilidad de sus mensajes y eficaz posicionamiento de su perfil como emisor. Pero eso no basta.

Se necesita con urgencia tener criterio. No se trata sólo de participar, ni tan siquiera de become an influencer, y de contagiar a otros con el contenido que colgamos en Internet. Se trata de entrarle a esto con la verdad. Santo Tomás de Aquino conceptualiza la verdad como la adecuación o ajuste del entendimiento del sujeto conocedor a lo que la cosa conocida es. De allí que el webactor está en el centro de la paradoja entre la inmediatez y el reposo, entre la dispersión por sobreabundancia de información y la mesura. ¡Paren el Twitter que me quiero tweet off!

Para que la comunicación humana se dé con eficacia no basta con emitir un contenido; se requiere de la interpretación correcta del mensaje, comprendiendo quién es el que habla, por qué lo hace y qué quiso decir. La siguiente etapa en la madurez del webactor vendría dada entonces por la conjunción de dos hechos: la autenticidad y la eficacia de las relaciones.

Los vínculos en el espacio digital son eficaces cuando hay un mínimo de orden y sentido. Las redes sociales son una evidencia de esa capacidad de organización entre las personas de forma fácil y flexible. El webactor se convierte en un nodo de la Red que participa multidimensionalmente, con muchas variables dadas por sus roles y contenidos. Orden en la complejidad.

Pero tigre no come tigre. Déjame verte en la red para ver si eres auténtico. La veracidad del perfil mostrado y demostrado por el webactor es indispensable. La preservación de la reputación debe cuidarse a fuerza de coherencia fundada en la verdad de lo dicho y de lo hecho. Ese será el próximo paso para un webactor repotenciado. Más exigente, porque tiene más derechos. Más responsable, porque tiene más deberes. Y más consciente, menos crédulo de la era digital como la panacea.

Un estudio reciente habla de que un alto porcentaje de personas recomienda contenidos en la web sin haberlos leído. Quizá la sobreabundancia de mensajes sin jerarquización ha causado tal nivel de ruido que pasamos a ser víctimas de la utopía de la comunicabilidad total en el entorno digital.

Ese predominio de la información sobre la formación deja al webactor sin saber qué hacer con tanto refresh. Esa sensación retadora y un tanto angustiante de consultar el teléfono y constatar que todos las aplicaciones llevan el signo del asterisco, para denotar que hay algo nuevo que yo debería ver, a riesgo de estar desactualizado durante cinco minutos. Pines, tweets, posts, correos, llamadas, videoconferencias se reproducen exponencialmente cuando el webactor se conecta con tantos nodos de la Red. ¿Y quién puede llevar tanta conversación al mismo tiempo? El nativo digital multitasking, ese sujeto que nació oyendo el ipod, estudiando y chateando al mismo tiempo. Repregunto: ¿Quién puede alcanzar conocimiento a partir de tanta conversación de un centímetro de profundidad? La palabra clave, una vez más, mesura.

Ante tanta dispersión el webactor es víctima de su propio potencial. Se encuentra con el desolador escenario de no capitalizar un criterio lúcido para valorar la realidad. Eso produce un profundo indiferentismo, pues casi nada cobra relevancia. Todo vale, vale todo. Con los dedos puestos en el teclado, con la humanidad a su alcance, el webactor está aislado, incomunicado.

Se necesita dejar que aflore el que tiene auctoritas. Es pertinente que la autenticidad del que tiene la capacidad moral para emitir una opinión cualificada sobre una decisión, modere los efectos de la tiranía de las muchedumbres en la Red. El peligro de que mande quien no está preparado para hacerlo es tal que conviene tomar precaución. Hay que hacer florecer eso que Pisani y Piotet llaman “la alquimia de las multitudes”. Dejar que la inteligencia colectiva dé frutos de sabiduría. Calidad por encima de la cantidad. Por lo pronto, necesitaría que el mesonero me pasara el menú por Twitter. Su sola presencia para tomar la orden no logra arrancar mis ojos del Ipad.

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